El Óctuple Sendero (9/9)

El Óctuple Sendero.

La meditación justa.


El último aspecto de este Óctuple Sendero es la meditación dhyana, la práctica de la concentración. Para nosotros es zazen. No necesito desarrollarlo demasiado porque ya lo practicáis y, sin embargo, es lo que más debería de desarrollarse porque es la fuente de todo.
En la enseñanza de las Cuatro Nobles Verdades y en el Óctuple Sendero la concentración justa, llamada práctica de dhyana se enseña de forma algo diferente a como se enseña en la práctica de zazen. Es lo que se llama la práctica de las cuatro etapas de dhyana. Para mí es lo mismo que zazen, pero se explica de forma didáctica lo que, por otra parte, ayuda a comprender con más claridad de qué se trata y, sobre todo, está adaptado a una mentalidad india que gusta de las clasificaciones. El Buda mismo insistió a menudo en estas cuatro etapas de dhyana.
La primera etapa es aquella en la que abandonamos todo lo que concierne a los bonno, a los venenos, es decir la avidez, el odio, todas las emociones negativas que nos atraviesan en la vida cotidiana. Nos sentamos en zazen y dejamos pasar todo eso. También dejamos pasar la agitación, la somnolencia, todo lo que puede perturbar. En esta primera etapa subsiste todo lo que es del orden de la reflexión, de la observación, de la comprensión, del pensamiento.
En la segunda etapa, abandonamos todo lo que es cogitación, todo lo que es del orden de la conciencia personal, del mental que reflexiona. Es lo efectivo en la práctica de zazen. No estamos reflexionando, cogitando, meditando en el sentido tradicional del término. Dejamos pasar los pensamientos como nubes en el cielo, sin apegarnos a ellos, los atravesamos.
De hecho las prácticas de las cuatro etapas de dhyana son travesías: primera etapa, atravesamos todo lo que son perturbaciones mentales de la vida cotidiana; segunda etapa, atravesamos todo lo que es del orden del pensamiento intelectual, de la reflexión; tercera etapa, atravesamos lo que es del orden de las emociones más sutiles como la alegría de estar en zazen, de haber conseguido liberarse de las emociones más negativas, de la agitación, etc. Llegamos a menudo a un estado de relativa serenidad, de calma que desencadena una alegría de estar en la práctica. El Buda decía que también 
había que atravesar esa alegría , porque si nos apegamos a la alegría de la práctica, entonces será una práctica que estará limitada a eso, es decir que estaremos siempre buscando esa alegría de la práctica. Por último,  el cuarto aspecto que se atraviesa igualmente sin pararse en él, es la felicidad de la práctica. La felicidad es más estable que la alegría. La alegría es una emoción, así que va y viene. La felicidad es mucho más estable. Pero incluso la felicidad que sentimos al practicar la atravesamos, no nos apegamos pues, si no limitará nuestra práctica. Al final desembocamos en un estado de ecuanimidad, es decir de gran calma interior, de serenidad, que no queda perturbada ni por las emociones negativas de cólera, odio, celos, impaciencia, ni por la alegría ni felicidad a las que corremos el riesgo de apegarnos y que pueden limitar nuestra práctica. 
En efecto, el sentido de la práctica del Óctuple Sendero es llegar no a un estado de felicidad, sino a un estado de completa libertad; libre de cualquier emoción, de cualquier estancamiento, del apego a cualquier estado.
Por esta razón la práctica de dhyana es la práctica de un espíritu que no permanece en nada. La práctica de zazen es la meditación de la libertad del espíritu que se vuelve como un torrente de montaña que baja una pendiente sin parar. Incluso si hay obstáculos, rocas, los rodea y sigue bajando la pendiente. Ésta es una imagen que se emplea a menudo para describir el espíritu de zazen que es un espíritu que no se estanca en nada.
He descrito los ocho ramales del Óctuple Sendero. Repito otra vez que lo que hay que comprender es que funcionan todos juntos. Generalmente nosotros en la escuela del zen consideramos que la base es la última, es decir la práctica de la concentración, de la meditación. Pero esta base sin un esfuerzo justo (por ejemplo, viniendo a practicar regularmente) no puede funcionar. La meditación justa sin una práctica de la atención no puede funcionar. Si no estamos atentos a nuestro cuerpo, a nuestra respiración, no puede existir esa liberación atravesando sucesivamente todos los estados que encontramos, yendo siempre más allá del más allá de cualquier estancamiento en cada uno de estos estados.
Si no hay una comprensión justa es muy probable que, al no comprender el sentido de nuestra práctica, muy pronto nos cansemos y desanimemos, y no seguiremos practicando. Si no existe un pensamiento justo, entonces hay que preocuparse porque, si no existe un pensamiento de compasión, un pensamiento de benevolencia, es que falta algo en la comprensión de la práctica. De hecho el Maestro Deshimaru describía el pensamiento justo como la conciencia hishiryo, que no es solo un pensamiento de compasión sino también un pensamiento completamente libre que no se estanca en nada.
Ya veis que todos los aspectos del Óctuple Sendero están unidos, en interdependencia y que no solo conciernen a los discípulos del pequeño vehículo a los que a menudo han tratado con algo de desdén los pensadores del Mahayana que consideran que el ideal del bodhisattva era netamente superior. Pues todo lo que permanece al orden del corazón, de la benevolencia, de la atención a los demás, forma parte del Óctuple Sendero. Creo que esta enseñanza primero hay que conocerla, acordarse. De hecho en la atención justa está la memoria y a veces se habla de la memoria justa. No tener memoria es no estar atento. Acordarse quiere decir poder practicar constantemente, que se convierta en una especie de leitmotiv, aquello que podemos repensar a lo largo del día para aprovechar todas las ocasiones de practicar este Óctuple Sendero. Es cierto que en el zen se dice a menudo: "Hacemos zazen, nos sentamos y luego, inconscientemente, naturalmente y automáticamente la Vía se hace realidad", creyendo que al hacer zazen todo va a resolverse por si solo. Creo que si hacemos zazen, construimos efectivamente una base sólida para la práctica de la Vía, pero si el Buda se tomó el trabajo de enseñar el Óctuple Sendero es que todos los elementos del Óctuple Sendero, y no solo la meditación, tenían su importancia. Evidentemente a condición de que estén unidos a la práctica de zazen y de que emanen de ella, que haya una circulación, que el zazen sea como el corazón, pero que el resto sea el cuerpo. Creo que lo que permite la circulación es recordar que la Vía conlleva estos ocho aspectos y que no se limita avenir y sentarse encima de un zafu pensando que el resto no es importante. 

Roland Yuno Rech


ENSEÑANZA BÚDICA Nº2

Templo de la Gendronnière, Verano 2001

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