Upagupta, el discípulo de Buda, estaba durmiendo en el suelo junto a la muralla de la ciudad de Mathura. Todas las lámparas estaban apagadas, todas las puertas cerradas, y el cielo sombrío de agosto ocultaba todas las estrellas. ¿Qué pies eran aquellos cuyas ajorcas tintineaban agitando su pecho de repente?. Se despertó sobresaltado y la luz de la lámpara de una mujer iluminó sus ojos indulgentes: era la bailarina, estrella de joyas nubladas por un manto azul pálido, embriagada del vino de la juventud. Bajó la lámpara y vio el rostro joven y austeramente hermoso de Upagupta. «Perdóname, joven asceta - dijo la mujer -, hazme la gracia de venirte a mi casa. El sucio suelo no es lecho para ti». Upagupta respondió: «Mujer, tú sigue tu camino; que ya iré yo a buscarte cuando llegue la hora». De repente, un relámpago hizo que la noche enseñara sus dientes. Gruñó la tempestad desde un rincón del cielo, y la mujer tembló de miedo. Las ramas de los árboles que bordeaban el camino es...