Nada que retener, nada de que escapar...

El ego cristalizado

Hay tres acciones que los seres humanos se empeñan una y otra vez en realizar y que los mantiene en el sufrimiento. Estas tres acciones son perseguir, escapar y retener. Constantemente estamos tratando de perseguir algo. Perseguimos personas, objetos e ideas. Siempre estamos corriendo en pos de algo. Y si no estamos persiguiendo, estamos tratando de escapar. Escaparnos de aquello que nos disgusta o molesta, o de lo que consideramos feo. Escapamos de una tarea pesada, de una persona que nos desagrada, o incluso de las pequeñas cosas cotidianas, como sacar la basura o asear el baño. Otro lo hará. Siempre el péndulo oscilando entre escapar y perseguir. Esa es la mente, la fuente de nuestro sufrimiento. El péndulo oscila de un extremo al otro. Para escaparnos de algo o alguien creamos una idea y comenzamos a perseguirla. Perseguir es perseguir los deseos. Nunca se alcanzan, es como un espejismo. Están ahí, justo delante de nosotros, parece fácil alcanzarlos pero no lo logramos. La sensación de escapar aparece de atrás. Es como una jauría de perros tratando de morder nuestros talones. ¿A dónde escapar? Vislumbro una salida y comienzo a perseguirla. Y así el péndulo continúa oscilando adelante-atrás. Y si no estamos escapando o persiguiendo, entonces nos aferramos. Puede ser a cualquier cosa: una persona, una idea, un objeto. «Te amo pero no cambies, no te muevas, no mires a otro. Esto es mío, no me lo quites». Queremos retener. Pero lo más increíble de nuestro egoísmo es que buscamos retener no solo aquello que nos da placer sino también lo que nos da dolor. Retenemos el rencor, la rabia, el odio por años. El ego cristalizado que se mueve del placer al dolor, del deseo al miedo, persiguiendo, escapando, tratando de retener. Hay un koan que dice: «Juan ata al perro. ¿Cuál es el sujeto?» ¿Quién tiene atado a quién? Ahora mismo estás tratando de escapar del dolor de las piernas o la espalda. Se cruza por tu mente la idea de que vale la pena un pequeño sacrificio ya que, si te esfuerzas, podrás alcanzar la Iluminación. Ahora mismo, tal vez, estés tratando de retener estas palabras... déjalas ir. Las palabras no son importantes. Si comprendes, entonces no son importantes. Puedes soltarlo todo inmediatamente. Dejar de moverte, de ir y venir. De escapar, perseguir o retener. Suelta los hombros, deja que las palabras entren por una oreja y salgan por la otra. Déjalas pasar, como pasa el aire por la ventana, el sonido de los pájaros, el amanecer... Déjalo ir. En un instante todo nuestro egoísmo puede disolverse. Y si puede disolverse aunque sea por un solo instante, entonces podrá disolverse otra vez y otra vez.

Suéltalo. No hay nada que retener. Nada de que escapar. Nada que obtener o perseguir. Si lo comprendes, eres libre. Libre de tu miedo y libre de tu deseo.

"Vida simple, vida zen"(fragmento) - Jorge Bustamante.

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