Para una persona que practica las enseñanzas de Buda, la muerte se vuelve una gran consejera: Tenerla presente nos ayuda a establecer nuestras prioridades.
Nuestra mente es como un péndulo que oscila entre la agitación y la apatía, pasando de un desequilibrio de la atención a otro, como las llamas de una vela expuesta a las corrientes de aire.